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El poder sanador de las mascotas

Los pasillos y las habitaciones de los hospitales son fríos; en ocasiones los pacientes no tienen intimidad o sus historias se quedan perdidas al no encontrar eco entre el personal médico. Pero desde el año 2000, un grupo de voluntarios liderados por Rosario Barrios ha llevado calidez a las salas de diferentes hospitales.

Estos visitantes se hacen acompañar por mascotas como perros, gatos, conejos y hasta cuyos. Cuando estos personajes hacen su aparición son bien recibidos, no sólo por los pacientes sino también por el personal médico que se detiene para acariciar o saludar a estas mascotas que portan un chaleco que los acredita como Mascotas terapeutas.

Pero no siempre fue sencillo. Rosario Barrios, líder del movimiento Mascotas Terapeutas, cuenta que cuando empezó este proyecto los médicos se mostraron renuentes y rechazaron esta terapia alternativa. Pero con la ayuda de la doctora Susana Molina de Nutrición pediátrica del hospital San Juan de Dios, presentaron casos en los cuales se mostraba el mejoramiento anímico de los enfermos.

Es así como este movimiento de voluntariado ha tomado auge entre pacientes de diferentes establecimientos de salud y ahora acompañan a niños enfermos o con alguna discapacidad, así como los que han sido víctimas de abusos sexuales y pacientes terminales.


Una terapia que mejora el ánimo

Durante un recorrido por la pediatría del Hospital San Juan de Dios, Rigo (un perro golden retriever), Chispa (cocker spaniel) y la gata Shika visitaron a niños que tenían diferentes padecimientos, los cuales van desde un par de piernas rotas por jugar al futbol, ataques severos de asma, picaduras de serpientes o hasta hemofilia.

Los amos de las mascotas también reciben un previo entrenamiento para tratar adecuadamente a los pacientes. Si los niños están en cama se coloca un paño para que la mascota se recueste en él y así evitar el contagio en ambas vías.

Algunos pequeños abandonan las camas para pasear por los pasillos a los animales, así los niños sonríen, al igual que sus padres, mientras que los voluntarios asisten sin descuidar a los pacientes y a las mascotas.

Rosario Barrios cuenta que el tiempo máximo para que un perro realice estas visitas es de aproximadamente dos horas, el cual no es suficiente para cubrir a todos los dolientes, pero no se debe abusar de las mascotas ya que éstas absorben la energía de los pacientes. Para que los animales puedan descansar y dejar el estrés se les debe premiar por su buen trabajo, cepillarlos y dejarlos dormir.

La doctora Molina asegura que el estado anímico de los enfermos que reciben a estas mascotas mejora considerablemente, lo que contribuye a una pronta recuperación.


Historias agridulces

Rosario, junto a los integrantes del voluntariado con sus respectivas mascotas han sido parte del mejoramiento de muchas personas. Y sus experiencias guardan historias conmovedoras.

Como el caso de Glendi, “una niña que tenía un tumor en la garganta y al recibir la visita de una mascota, ésta se asustó al escuchar una de las bombas que lanzaron por una festividad religiosa, por lo que se escondió debajo de la cama; Glendi se refugió junto a la mascota y le dijo: “No te preocupés, yo también tengo, nos podemos operar juntos”, relata Rosario, quien recuerda que Glendi creyó que la mascota también tenía un tumor. Otra historia es la de Milton, un niño que bebió cloro por orden de su mamá como un castigo. “Milton contaba con un carisma muy especial y era el corazón del voluntariado. De hecho, muchos integrantes se lo llevaban al cine o lo invitaban a comer en su casa. Glendi y Milton eran muy unidos. Milton murió primero y tres días después, Glendi”, cuenta Rosario, y confiesa que esa es la parte más dura de este trabajo, puesto que el vínculo con las personas no se puede pasar por alto. Pero esta joven dice que la gran satisfacción es que los integrantes de Masotas terapeutas ayudaron a que los últimos días de vida de estos niños fueran mejores.

Pero no todas las historias son tristes, algunas de ellas tienen finales felices, como el caso de Diego, un niño que perdió ambas piernas por una trombosis. “Él estaba renuente y traumado por la amputación que sufrió. Ni quería utilizar la silla de ruedas”, cuenta Rosario y agrega que llevó a una perra llamada Motita, que también utiliza silla de ruedas. Diego al ver a Motita se sintió muy motivado. “Él se quedó impresionado ante la posibilidad de que pudiera existir un perro así”, cuenta Rosario. Diego tuvo una recuperación satisfactoria. Actualmente es un estudiante y lleva una vida normal.

Fuente: http://www.sigloxxi.com
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